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La situación que
observé durante mi misión en el Darfur los días 21 y 22 de junio es
conmovedora, hasta el punto de que no se puede expresar con palabras:
desde que los dos movimientos de rebelión, el Movimiento de Liberación
del Darfur (MLS) y el Movimiento por la Justicia y la Igualdad (MJE),
comenzaron, hace cerca de un año, a combatir al ejército regular y a
las milicias progubernamentales, han muerto más de 10.000 personas y
se han producido desplazamientos masivos de población que afectan a más
de un millón de civiles. Espantados de sus tierras y de sus pueblos
por los ataques de las milicias Janjawid, los civiles se apiñan en
campos de refugiados y sobreviven gracias a la acción de las
organizaciones internacionales y de algunas ONGs –especialmente
francesas, como MSF y Triangle-, cuyos voluntarios llevan a cabo una
labor excepcional. Quiero saludar el valor y la determinación de esos
hombres y mujeres, siempre presentes en el frente de la desesperanza.
Más allá de El
Geneina, capital del Darfur occidental, atravesé pueblos quemados y
saqueados para llegar al campo situado a los pies del Djebel Mornay,
que acoge a más de 70.000 desplazados. Contemplé las duras imágenes
de esos niños y mujeres que han presenciado el horror de las
exacciones, los asesinatos y las violaciones.
Se palpa la desesperación
y el miedo a no poder regresar algún día a su pueblo. La inseguridad
se siente en cualquier lugar fuera del campo. Pero los niños corren,
gritan y juegan. La vida está presente. ¿Qué será de ellos dentro
de unas semanas cuando llegue la estación lluviosa?
Y no pude evitar ver el
campo de Riad, muy cerca de El Geneina, con la mirada del médico de
urgencias que todavía soy. En ese campo se apiñan más de 7.000
personas en cabañas de ramaje, sin instalaciones sanitarias, con solo
dos puntos de agua. No me atrevo a imaginar los estragos que causaría
una epidemia de cólera en los diecisiete campos de desplazados del
Darfur, que acogen a más de un millón de personas. Las agencias de
la ONU y las ONGs humanitarias han hecho bien en dar la voz de alarma.
¿Qué se puede hacer?
En el futuro más inmediato, hay que paliar las necesidades
alimentarias y médicas básicas de las poblaciones desplazadas.
Francia no se está quedando a la zaga: tanto a través de la Unión
Europea como en nuestras acciones bilaterales, hemos financiado 10
millones de euros de ayuda alimentaria y humanitaria. Pero creo que
esta ayuda no es el comienzo y el fin de nuestra respuesta que, antes
de nada, debe ser política. En acuerdo con el presidente de la República
y Michel Barnier, ministro de Asuntos Exteriores, he dicho a las
autoridades sudanesas que deben hacer todo lo posible por desarmar a
las milicias, detener a los culpables de exacciones, permitir la libre
circulación del personal humanitario y, por último, preparar el
regreso de los desplazados y de los refugiados a sus pueblos.
Creo que mi mensaje ha
sido escuchado y la voz de la verdad, que también emplean nuestros
socios europeos y estadounidenses, empieza a dar sus frutos. Ya era
hora. Todos sabemos lo que sucede en el Darfur. Tenemos la obligación
de protegerlo y el deber de actuar./.
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