"RUANDA : LA LECCION DEL GENOCIDIO"
TRIBUNA DEL MINISTRO DE ASUNTOS EXTERIORES,
DOMINIQUE DE VILLEPIN,
EN LIBERATION

(25/3/2004)

 

Pronto hará diez años que en Ruanda se producía una tragedia en la que perecerían cerca de un millón de personas, víctimas de un exterminio sistemático. El siglo XX, que entonces tocaba a su fin, revivía nuevamente el horror del asesinato de masas, el intento de erradicar un grupo humano por sus orígenes o creencias. ¿Hicimos entonces todo lo posible por evitar esa tragedia y hemos aprendido la lección? Frente a un drama de tal magnitud, tenemos más que nunca un deber de verdad y de acción.

La historia de Ruanda está salpicada de duros trances. Ante la subida de la tensión a comienzos de la década de los noventa, nuestro país privilegió el proceso de reconciliación de los Acuerdos de Arusha. Pero la violencia prevaleció. A falta de una voluntad colectiva, la comunidad internacional no pudo llegar a un acuerdo para implementar una diplomacia preventiva eficaz y solo se dio cuenta tarde de la gravedad de la situación. Y cuando tendría que haber demostrado determinación, se mostró vacilante, rechazando el compromiso necesario. Frente al estancamiento político y la aceleración de los acontecimientos en el terreno, Francia optó por la intervención humanitaria. Lanzó entonces la operación Turquesa que, de acuerdo con el mandato del Consejo de Seguridad, duró dos meses, y en la que participaron varios países africanos, permitiendo de esta manera salvar miles de vidas humanas.

Desde que terminó la crisis en Ruanda, Francia ha trabajado para arrojar luz sobre los acontecimientos, especialmente con la misión parlamentaria de información presidida por el Sr. Quilès. Este trabajo de verdad, ilustrado por la multiplicación de las reflexiones y los testimonios, debe mantenerse vivo.

Más allá de esto, para evitar nuevos dramas, tenemos un deber de acción que ocupa un lugar central en nuestra diplomacia, preocupada por anticipar mejor y prevenir las crisis. Es lo que, desde hace diez años, nos ha llevado a volver a comprometernos fuertemente en África.

La primera exigencia es, evidentemente, la prevención. Hay que trabajar sobre todos los factores susceptibles de alimentar las crisis, a la cabeza de los cuales figuran las nuevas lacras que constituyen los niños soldado, la explotación ilegal de los recursos naturales, los desplazamientos de poblaciones o el tráfico de armas. Sepamos identificar los signos precursores, movilizar los medios necesarios para hacer que la fiebre baje y actuar sobre las causas más profundas.

De manera que tenemos que reforzar los instrumentos de alerta precoz. Francia propone, por ejemplo, establecer dentro del marco de las Naciones Unidas, un cuerpo de observadores de los Derechos Humanos e incrementar los medios del Alto Comisionado de Ginebra. También respalda los esfuerzos que hace la Unión Africana para dotarse de un mecanismo de prevención de los conflictos.

Al menor síntoma, hay que saber tomar las medidas necesarias para atajar el mecanismo de violencia. Son demasiados los precedentes trágicos, como Ruanda, Bosnia o Kosovo, que nos recuerdan que, frente a violaciones graves de los Derechos Humanos que constituyen amenazas para la paz y la seguridad internacionales, hay que intervenir sin demora. Pero, para ser eficaz, la acción colectiva debe ser plenamente legítima: así que hay que actuar respetando el derecho y con el aval de la comunidad internacional.

Por último, recordemos que el rechazo de la impunidad comenzó a imponerse con el establecimiento del Tribunal Penal Internacional para Ruanda. Esta exigencia de justicia es uno de los fundamentos de todo proceso de paz duradero. También es un arma de disuasión frente a los crímenes más graves. Este es el espíritu con el que Francia se ha comprometido en favor de la Corte Penal Internacional.

La segunda exigencia es la de reunir a todos los actores y recurrir a todos los instrumentos útiles. Y es que las amenazas se conjugan: terrorismo y proliferación, conflictos armados y crimen organizado, desigualdades de desarrollo e identidades heridas. De manera que hay que tratar los problemas desde la raíz y, para ello, establecer estrategias globales. Solo con un compromiso colectivo se podrá alcanzar una respuesta eficaz en condiciones de indiscutible legitimidad. Las Naciones Unidas son absolutamente necesarias para prevenir y solucionar los conflictos. Pero, hoy por hoy, igual de necesaria es la movilización regional. Así es especialmente en África, donde la Comunidad de los Estados de África Oriental y la de los Estados de África Central, trabajan por solucionar las crisis en Costa de Marfil y en la República Centroafricana. La Unión Europea también ha sabido desarrollar en Bunia una operación militar autónoma. En la región de los Grandes Lagos, la estabilización supone una acción en el conjunto de los países en cuestión (Ruanda, Burundi o el Congo) y la celebración de una conferencia internacional.

De estos principios alimentados por la experiencia se desprende un método de gestión de las crisis. En primer lugar, de lo que se trata es de hacer que prevalezca el diálogo político en el que participen todas las partes. En la mayoría de los casos, esto supone un alto el fuego completo y previo. Después viene el momento de la conciliación en torno a un gobierno de transición encargado de preservar la unidad nacional. A partir de ahí se puede emprender la preparación de las elecciones que legitimarán al nuevo poder. Para confortar el proceso político, podría ser necesario desplegar una fuerza internacional bajo un mandato de las Naciones Unidas, que garantice el alto el fuego, proteja a las poblaciones y prepare el regreso de la administración. Así, los objetivos perseguidos en Costa de Marfil con el dispositivo Licorne, o en el Congo con la operación Artemis, estaban claros: evitar un desastre humanitario, restablecer la integridad del territorio y de la soberanía nacional y consolidar un proceso político que desembocase en elecciones democráticas. Esta es la acción que guía actualmente a la comunidad internacional para anclar la paz, la democracia y el desarrollo en Haití.

La tercera exigencia, una vez repuesta la paz, es garantizar a largo plazo un compromiso de la comunidad internacional para asegurar la vuelta de la estabilidad. Eso supone que los principales donantes de fondos se movilicen en torno a prioridades claras: consolidación de las instituciones públicas, restablecimiento de la paz civil, restauración de los servicios públicos esenciales, ayuda a las poblaciones refugiadas o desplazadas, reinserción de los rebeldes y preparación de elecciones.

¿Hay que llegar en algunos casos más lejos y plantear que la comunidad internacional asuma plena y directamente la gestión de la crisis? Se han presentado varias propuestas: por ejemplo, ¿por qué no transformar el antiguo Consejo de tutela de las Naciones Unidas en un "Consejo de Paz y de Apoyo a la Reconstrucción"?

¿Cómo no sentir a la vez vértigo y humildad ante la fragilidad y las incertidumbres de nuestro mundo? Pero tenemos la responsabilidad de actuar. De ahí la urgencia de concertarnos sobre principios y reglas comunes. De ahí la exigencia de movilización colectiva, cada día, al servicio de la paz, el diálogo y la reconciliación./.