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Señor Presidente,
Señor Secretario General,
Señora y Señores Ministros,
Señores Embajadores:
Nos encontramos reunidos aquí unas
horas antes de que hablen las armas, para intercambiar una vez más,
en el respeto de nuestros respectivos compromisos, nuestras
convicciones. Pero también para trazar juntos los caminos que deben
permitirnos encontrar otra vez el espíritu de unidad.
Quiero volver a decir aquí que para
Francia, la guerra sólo puede ser el último recurso y la
responsabilidad colectiva, la regla, independientemente de nuestra
aversión por el régimen cruel de Saddam Hussein. Y esto tiene el
mismo valor para Irak como para el conjunto de crisis que deberemos
afrontar juntos.
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* *
Al Sr. Blix, que nos presentó su
programa de trabajo, y al Sr. El Baradei, que envió a un
representante el día de hoy, quiero darles las gracias por los
esfuerzos efectuados y los resultados obtenidos. Su programa
recuerda que existe siempre una perspectiva clara y creíble para el
desarme de Irak por medio de la paz. El programa propone y establece,
por orden de importancia, tareas prioritarias de este desarme, y
presenta un calendario realista para que se ponga en marcha. Así
pues, este informe confirma lo que todos sabemos aquí:
- sí, las inspecciones producen
resultados tangibles;
- sí, ofrecen la perspectiva de un
desarme efectivo en la paz y en plazos limitados.
El camino que habíamos trazado juntos
en el marco de la resolución 1441 sigue existiendo. A pesar de su
interrupción hoy, sabemos que deberá retomarse lo más pronto
posible. El Consejo tomó nota, hace dos días, de la decisión del
Secretario General de retirar de Irak a los inspectores y al
conjunto del personal de las Naciones Unidas. Esto provoca una
suspensión de la ejecución de sus mandatos. Será necesario,
llegado el momento, completar nuestro conocimiento de los programas
iraquíes y terminar el desarme de Irak. Su contribución, Señores
Inspectores, será entonces decisiva.
No nos engañemos: la elección se
encuentra claramente entre dos visiones del mundo.
A aquellos que han decidido recurrir a
la fuerza y piensan poder resolver la complejidad del mundo mediante
una acción rápida y preventiva, oponemos nosotros la acción bien
determinada a lo largo del tiempo. Pues hoy día, para garantizar
nuestra seguridad, es preciso tomar en cuenta a la vez la
multiplicidad de crisis y sus numerosas facetas, incluyendo las de
carácter cultural y religioso.
Nada perdurable en las relaciones
internacionales se puede entonces construir sin diálogo y sin el
respeto por el otro, sin exigencia y fidelidad a los principios, y más
todavía para las democracias que deben dar el ejemplo. Ignorarlo,
es arriesgarse a la incomprensión, a la radicalización, al
engranaje de la violencia. Y esto es más cierto aún en el Medio
Oriente, zona de fracturas y de viejas discordias, cuya estabilidad
debe ser para nosotros un objetivo mayor.
A aquellos que esperan eliminar los
peligros de la proliferación a través de la intervención armada
en Irak, quiero decirles que nosotros lamentamos que se priven de
una herramienta esencial para otras crisis del mismo tipo. La crisis
iraquí nos ha permitido elaborar un instrumento, a través del régimen
de inspecciones, que no tiene precedentes y puede tener valor de
ejemplo.
¿Por qué, basados en ello, no
contemplar la creación de una estructura original y permanente de
las Naciones Unidas?
A aquellos que piensan que a través del
caso de Irak, se erradicará la plaga del terrorismo, nosotros les
decimos que están corriendo el riesgo de perder su objetivo. La
irrupción de la fuerza en esta zona tan inestable sólo puede, además,
aumentar las tensiones, las fracturas de las que se nutren los
terroristas. Más allá de lo que nos divide, tenemos, frente a
estas amenazas, una responsabilidad colectiva, la de volver a
encontrar la unidad de la comunidad internacional. Las Naciones
Unidas deben permanecer movilizadas en Irak al servicio de este
objetivo. Juntos tenemos deberes que asumir bajo esta perspectiva.
Ante todo, la de curar las heridas, las
heridas de la guerra. Como siempre, ésta trae consigo su lote de víctimas,
de sufrimientos, de poblaciones desplazadas. La urgencia ordena
prepararse desde ahora para aportar la asistencia humanitaria
indispensable. Este imperativo debe prevalecer sobre nuestras
divergencias. El Secretario General ya empezó la movilización en
este sentido de las diferentes agencias de las Naciones Unidas.
Francia asumirá toda la responsabilidad que le corresponde en este
esfuerzo colectivo en favor de las poblaciones iraquíes. El
programa petróleo por alimentos debe proseguir bajo la autoridad
del Consejo de Seguridad, con los ajustes necesarios. Esperamos las
propuestas del Secretario General.
Enseguida se encuentra la necesidad de
construir la paz. Ningún país tiene, por sí mismo, los medios de
construir el futuro de Irak. Sobre todo, ningún Estado puede
reivindicar la legitimidad necesaria. Es precisamente de las
Naciones Unidas, y sólo de ellas, que puede venir la autoridad
legal y moral de una empresa de esta naturaleza.
Dos principios deben inspirar nuestra
acción:
- el respeto de la unidad y de la
integridad territorial de Irak;
- la preservación de su soberanía.
De la misma manera, corresponde a las
Naciones Unidas precisar el marco dentro del cual se inscribirá la
reconstrucción económica del país. Un marco que deberá afirmar
los dos principios complementarios de transparencia y desarrollo -a
beneficio de los iraquíes mismos- de los recursos del país.
Nuestra movilización debe también
extenderse a las otras amenazas que debemos afrontar juntos. La
naturaleza misma de estas amenazas ya no permite, hoy día,
abordarlas en un orden disperso. Así el terrorismo se alimenta de
las ramificaciones del crimen organizado; se acomoda en las zonas en
donde está ausente el derecho; se apoya en todas las fracturas del
mundo; utiliza todos los medios a su disposición, desde los más
rudimentarios a los más sofisticados, desde el cuchillo a las armas
de destrucción masiva que busca adquirir.
Para afrontar esta realidad, debemos
actuar de manera unida y en todos los frentes a la vez. Es preciso
entonces movilizarse sin descanso. Bajo estos principios, Francia
renueva su llamado para que los Jefes de Estado y de Gobierno se reúnan
aquí, en el Consejo de Seguridad, y responder así a los grandes
desafíos que debemos afrontar.
Profundicemos nuestro combate contra el
terrorismo. Luchemos sin piedad contra sus organizaciones, con todas
las armas económicas, jurídicas y políticas de las que disponemos.
Demos un nuevo impulso a la lucha contra la proliferación de las
armas de destrucción masiva. Francia ya propuso que nuestros Jefes
de Estado y de Gobierno se reúnan al margen de la próxima Asamblea
General para definir las nuevas prioridades de nuestra acción.
Retomemos la iniciativa en los conflictos regionales que
desestabilizan regiones enteras. Estoy pensando en particular en el
conflicto israelo-palestino. ¿Cuántos sufrimientos deben todavía
soportar los pueblos de la región para que forcemos las puertas de
la paz? No nos resignemos a lo irreparable. En un mundo en el cual
la amenaza es asimétrica, en donde el débil desafía al fuerte, el
poder de convicción, la capacidad de convencer, la facultad de
hacer que evolucionen las mentes y los espíritus, cuentan tanto
como el número de divisiones militares. No las reemplazan, pero son
los auxiliares indispensables del resplandor de un Estado.
Frente a este nuevo mundo, resulta
imperativo que la acción de la comunidad internacional esté guiada
por principios. Ante todo el respeto del derecho, piedra angular del
orden internacional, que debe aplicarse en todas circunstancias,
pero más todavía cuando se trata de tomar la más grave de las
decisiones: el recurso a la fuerza. Con esta condición solamente
puede traer orden y paz.
Posteriormente, la defensa de la
libertad y de la justicia. No debemos transigir con lo que
constituye la esencia de nuestros valores. Sólo nos oirán, nos
escucharán si nos inspiran los ideales mismos de las Naciones
Unidas.
Finalmente, el espíritu del diálogo y
de la tolerancia. Nunca antes los pueblos del mundo habían aspirado
con tanta fuerza al respeto. Debemos escuchar su llamado.
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Señor presidente, lo estamos viendo
claramente, nunca antes las Naciones Unidas habían sido tan
necesarias. Corresponde a ellas juntar las voluntades para asumir
estos desafíos. Porque las Naciones Unidas son el lugar en donde se
construyen la regla y la legitimidad internacionales. Porque ellas
se expresan en nombre de los pueblos.
Al estrépito de las armas las Naciones
Unidas deben responder con un único y mismo impulso, el espíritu
de responsabilidad, la voz y el gesto de la comunidad internacional
reunida aquí en Nueva York, en el Consejo de Seguridad.
Es en el interés de todos: países
comprometidos en el conflicto, Estados y pueblos de la región, la
comunidad internacional en su conjunto. Frente a un mundo en crisis,
nuestra obligación moral y política consiste en restablecer los
lazos de la esperanza y de la unidad.
De nuestra capacidad para asumir este
gran desafío, al servicio de nuestros valores, al servicio de
nuestro destino en común, al servicio de la paz, dependerá el
juicio de las generaciones futuras.
¡Muchas gracias, Señor Presidente!
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