Iraq

Discurso del Ministro de Asuntos Extranjeros, Dominique de Villepin, ante el Consejo de Seguridad

(19/3/2003)

 
Señor Presidente,
Señor Secretario General,
Señora y Señores Ministros,
Señores Embajadores:
 
Nos encontramos reunidos aquí unas horas antes de que hablen las armas, para intercambiar una vez más, en el respeto de nuestros respectivos compromisos, nuestras convicciones. Pero también para trazar juntos los caminos que deben permitirnos encontrar otra vez el espíritu de unidad.
 
Quiero volver a decir aquí que para Francia, la guerra sólo puede ser el último recurso y la responsabilidad colectiva, la regla, independientemente de nuestra aversión por el régimen cruel de Saddam Hussein. Y esto tiene el mismo valor para Irak como para el conjunto de crisis que deberemos afrontar juntos.

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Al Sr. Blix, que nos presentó su programa de trabajo, y al Sr. El Baradei, que envió a un representante el día de hoy, quiero darles las gracias por los esfuerzos efectuados y los resultados obtenidos. Su programa recuerda que existe siempre una perspectiva clara y creíble para el desarme de Irak por medio de la paz. El programa propone y establece, por orden de importancia, tareas prioritarias de este desarme, y presenta un calendario realista para que se ponga en marcha. Así pues, este informe confirma lo que todos sabemos aquí:
  • sí, las inspecciones producen resultados tangibles;
  • sí, ofrecen la perspectiva de un desarme efectivo en la paz y en plazos limitados.
El camino que habíamos trazado juntos en el marco de la resolución 1441 sigue existiendo. A pesar de su interrupción hoy, sabemos que deberá retomarse lo más pronto posible. El Consejo tomó nota, hace dos días, de la decisión del Secretario General de retirar de Irak a los inspectores y al conjunto del personal de las Naciones Unidas. Esto provoca una suspensión de la ejecución de sus mandatos. Será necesario, llegado el momento, completar nuestro conocimiento de los programas iraquíes y terminar el desarme de Irak. Su contribución, Señores Inspectores, será entonces decisiva.
 
No nos engañemos: la elección se encuentra claramente entre dos visiones del mundo.
 
A aquellos que han decidido recurrir a la fuerza y piensan poder resolver la complejidad del mundo mediante una acción rápida y preventiva, oponemos nosotros la acción bien determinada a lo largo del tiempo. Pues hoy día, para garantizar nuestra seguridad, es preciso tomar en cuenta a la vez la multiplicidad de crisis y sus numerosas facetas, incluyendo las de carácter cultural y religioso.
 
Nada perdurable en las relaciones internacionales se puede entonces construir sin diálogo y sin el respeto por el otro, sin exigencia y fidelidad a los principios, y más todavía para las democracias que deben dar el ejemplo. Ignorarlo, es arriesgarse a la incomprensión, a la radicalización, al engranaje de la violencia. Y esto es más cierto aún en el Medio Oriente, zona de fracturas y de viejas discordias, cuya estabilidad debe ser para nosotros un objetivo mayor.
 
A aquellos que esperan eliminar los peligros de la proliferación a través de la intervención armada en Irak, quiero decirles que nosotros lamentamos que se priven de una herramienta esencial para otras crisis del mismo tipo. La crisis iraquí nos ha permitido elaborar un instrumento, a través del régimen de inspecciones, que no tiene precedentes y puede tener valor de ejemplo.
 
¿Por qué, basados en ello, no contemplar la creación de una estructura original y permanente de las Naciones Unidas?
 
A aquellos que piensan que a través del caso de Irak, se erradicará la plaga del terrorismo, nosotros les decimos que están corriendo el riesgo de perder su objetivo. La irrupción de la fuerza en esta zona tan inestable sólo puede, además, aumentar las tensiones, las fracturas de las que se nutren los terroristas. Más allá de lo que nos divide, tenemos, frente a estas amenazas, una responsabilidad colectiva, la de volver a encontrar la unidad de la comunidad internacional. Las Naciones Unidas deben permanecer movilizadas en Irak al servicio de este objetivo. Juntos tenemos deberes que asumir bajo esta perspectiva.
 
Ante todo, la de curar las heridas, las heridas de la guerra. Como siempre, ésta trae consigo su lote de víctimas, de sufrimientos, de poblaciones desplazadas. La urgencia ordena prepararse desde ahora para aportar la asistencia humanitaria indispensable. Este imperativo debe prevalecer sobre nuestras divergencias. El Secretario General ya empezó la movilización en este sentido de las diferentes agencias de las Naciones Unidas. Francia asumirá toda la responsabilidad que le corresponde en este esfuerzo colectivo en favor de las poblaciones iraquíes. El programa petróleo por alimentos debe proseguir bajo la autoridad del Consejo de Seguridad, con los ajustes necesarios. Esperamos las propuestas del Secretario General.
 
Enseguida se encuentra la necesidad de construir la paz. Ningún país tiene, por sí mismo, los medios de construir el futuro de Irak. Sobre todo, ningún Estado puede reivindicar la legitimidad necesaria. Es precisamente de las Naciones Unidas, y sólo de ellas, que puede venir la autoridad legal y moral de una empresa de esta naturaleza.
 
Dos principios deben inspirar nuestra acción:
  • el respeto de la unidad y de la integridad territorial de Irak;
  • la preservación de su soberanía.
De la misma manera, corresponde a las Naciones Unidas precisar el marco dentro del cual se inscribirá la reconstrucción económica del país. Un marco que deberá afirmar los dos principios complementarios de transparencia y desarrollo -a beneficio de los iraquíes mismos- de los recursos del país.
 
Nuestra movilización debe también extenderse a las otras amenazas que debemos afrontar juntos. La naturaleza misma de estas amenazas ya no permite, hoy día, abordarlas en un orden disperso. Así el terrorismo se alimenta de las ramificaciones del crimen organizado; se acomoda en las zonas en donde está ausente el derecho; se apoya en todas las fracturas del mundo; utiliza todos los medios a su disposición, desde los más rudimentarios a los más sofisticados, desde el cuchillo a las armas de destrucción masiva que busca adquirir.
 
Para afrontar esta realidad, debemos actuar de manera unida y en todos los frentes a la vez. Es preciso entonces movilizarse sin descanso. Bajo estos principios, Francia renueva su llamado para que los Jefes de Estado y de Gobierno se reúnan aquí, en el Consejo de Seguridad, y responder así a los grandes desafíos que debemos afrontar.
 
Profundicemos nuestro combate contra el terrorismo. Luchemos sin piedad contra sus organizaciones, con todas las armas económicas, jurídicas y políticas de las que disponemos. Demos un nuevo impulso a la lucha contra la proliferación de las armas de destrucción masiva. Francia ya propuso que nuestros Jefes de Estado y de Gobierno se reúnan al margen de la próxima Asamblea General para definir las nuevas prioridades de nuestra acción. Retomemos la iniciativa en los conflictos regionales que desestabilizan regiones enteras. Estoy pensando en particular en el conflicto israelo-palestino. ¿Cuántos sufrimientos deben todavía soportar los pueblos de la región para que forcemos las puertas de la paz? No nos resignemos a lo irreparable. En un mundo en el cual la amenaza es asimétrica, en donde el débil desafía al fuerte, el poder de convicción, la capacidad de convencer, la facultad de hacer que evolucionen las mentes y los espíritus, cuentan tanto como el número de divisiones militares. No las reemplazan, pero son los auxiliares indispensables del resplandor de un Estado.
 
Frente a este nuevo mundo, resulta imperativo que la acción de la comunidad internacional esté guiada por principios. Ante todo el respeto del derecho, piedra angular del orden internacional, que debe aplicarse en todas circunstancias, pero más todavía cuando se trata de tomar la más grave de las decisiones: el recurso a la fuerza. Con esta condición solamente puede traer orden y paz.
 
Posteriormente, la defensa de la libertad y de la justicia. No debemos transigir con lo que constituye la esencia de nuestros valores. Sólo nos oirán, nos escucharán si nos inspiran los ideales mismos de las Naciones Unidas.
 
Finalmente, el espíritu del diálogo y de la tolerancia. Nunca antes los pueblos del mundo habían aspirado con tanta fuerza al respeto. Debemos escuchar su llamado.

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Señor presidente, lo estamos viendo claramente, nunca antes las Naciones Unidas habían sido tan necesarias. Corresponde a ellas juntar las voluntades para asumir estos desafíos. Porque las Naciones Unidas son el lugar en donde se construyen la regla y la legitimidad internacionales. Porque ellas se expresan en nombre de los pueblos.
 
Al estrépito de las armas las Naciones Unidas deben responder con un único y mismo impulso, el espíritu de responsabilidad, la voz y el gesto de la comunidad internacional reunida aquí en Nueva York, en el Consejo de Seguridad.
 
Es en el interés de todos: países comprometidos en el conflicto, Estados y pueblos de la región, la comunidad internacional en su conjunto. Frente a un mundo en crisis, nuestra obligación moral y política consiste en restablecer los lazos de la esperanza y de la unidad.
 
De nuestra capacidad para asumir este gran desafío, al servicio de nuestros valores, al servicio de nuestro destino en común, al servicio de la paz, dependerá el juicio de las generaciones futuras.
 
¡Muchas gracias, Señor Presidente!